El sibarita

—¿Hola? —respondió haciendo un gesto de molestia.

—Si, está bien, ahí nos vemos. Adiós.

Un breve cruce de palabras con la persona al otro lado de la línea fue suficiente para que él, sin tanto alboroto, aceptara la reunión, misma que él llevaba días solicitando y ella, por su necedad no quería pactar.

Ella ya estaba puntual en “su” café, por así llamarlo, porque en realidad era un local pequeño y viejo, improvisando una barra con lo que antes fuera un mostrador al detalle, unas cuantas mesas cojas, sillas de todo tipo y un amargado dependiente haciéndola de barista, camarero y si había concurrencia, hasta de cocinero. En lo alto y por fuera del local, un letrero percudido que exhibía con orgullo el nombre de aquel lugar, “El sibarita”.

“El sibarita” era el punto de reunión de viejos que no tenían nada mejor que hacer en todo el día mas que leer el periódico de días anteriores, porque el actual estaba en manos de Luis, el amargado dependiente, quien no lo soltaba hasta el momento del cierre, para colocarlo en un huacal de madera que hacia de librero, revistero y hasta de basurero, cuando algún distraído ahí depositaba sus servilletas sucias. Pero también era el lugar preferido de los amores clandestinos.

—¡Vaya!, que impuntualidad la tuya —dijo ella de mal humor y volteando los ojos hacia arriba, después de ver su reloj.

—Lo siento. En verdad, intenté llegar lo antes posible pero ya sabes, ahora no es tan sencillo vernos a la hora que quieras, el trabajo está cada día más pesado y a mis años, pues ya no es lo mismo. —él reprochaba tranquilamente mientras se sentaba y al mismo tiempo buscaba la mirada de Luis para con una seña, pedir lo de siempre.

—No necesito que me lo repitas, se que es complicado, además fui yo quien no pudo aceptar que nos viéramos antes, en casa también las cosas están color de hormiga y es difícil vernos de manera más frecuente —ella suspiro profundamente.

—Te entiendo. Estos últimos días no he podido dejar de pensar en ti y te he extrañado como no tienes idea. Tu llamada me sorprendió y de la emoción no he podido dormir.

Desde la barra, Luis miraba la escena en la mesa no. 5, la que desde hace muchos años ese par escogieron como “su” lugar, alejada de las otras mesas, pegada en un rincón, con una maravillosa vista hacia una pared blanca y descarapelada, que sin duda fue la fiel confidente de esos dos. Luis entendía la situación de aquella pareja, pero tenía que interrumpir y se acercó lentamente mientras sostenía la bandeja de plástico en la que llevaba el pedido de siempre. Para ella, un frape aguado sabor fresa, coronado con crema batida, chispas de colores y una cereza; para él, un espresso doble.

—Jóvenes, lamento interrumpirlos, aquí esta su orden y que la disfruten —dijo Luis, esforzándose en dibujar una fingida sonrisa en su amargado rostro.

Ella y él se miraron con complicidad y solo se carcajearon por la simpática escena. Después de un rato y de lo que Luis, desde su trinchera, podía percibir como una plática cálida entre dos personas que se aman profundamente, de un momento a otro se torno en un cuadro maltrecho. Pero como otras veces ya había pasado, al final, Luis iría a ponerle una mano en el hombro a él y decirle —tranquilo, la casa invita. —mientras iba apagando las luces de “El sibarita”.

—Bien, ¿Qué es eso que tenías que decirme con tanta urgencia? —preguntó él, mientras le daba el último sorbo a su café, ya frío por el tiempo que había transcurrido.

—Pues bueno, te lo diré, pero prométeme que vas a estar bien.

—Anda, ya dímelo, me estas poniendo nervioso.

—Ya no vamos a poder vernos más.

—Pero, pero ¿Por qué?, ¿Qué ha pasado? —preguntó él con la cara desencajada y al borde de las lágrimas. —No he hecho nada malo, he seguido al pie de la letra las reglas que establecimos, es más, ya no he vuelto a mandarte regalos a casa.

—Por favor, no te pongas así, es por nuestro bien, además no será para siempre, en cuanto tenga la mayoría de edad podré hacer lo que quiera y no hacerle caso a mamá; incluso irme a vivir contigo, mientras, debemos esperar. —dijo ella, secandose las lagrimas de su tierno rostro.

El soltó un suspiro de alivio al escuchar eso último y se tranquilizó un poco, llevó su pañuelo a sus ojos, intentando secar las lágrimas, que por cierto eran pocas, pues ya se las había acabado tras 16 años de espera y agonía.

—Me tengo que ir, yo se que lo vas a entender. —se acerco a él a darle un beso en la frente y le dio un papel arrugado.

Incrédulo y aun desconcertado, recobró un poco la compostura y vio el papel, que tenía lo que parecía un nuevo número de celular y un mensaje que decía “solo en caso urgente y hasta dentro de dos años. ¡Te amo Papá!”

—Tranquilo, la casa invita. —dijo Luis mientras le tocaba la espalda con una débil palmada y se retiraba a apagar las luces del lugar.

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