El sibarita: dos años después

Habían pasado dos años y algunos meses más. Luis, desde su barra, no volvió a ver a ese hombre ni a aquella jovencita. ¿Qué les habrá pasado?, ¿Encontraron una mejor cafetería?, seguramente fue el frape insípido o el rancio café del espresso. ¡Si, eso debió ser!, se decía a si mismo el amargado Luis.

La verdad era que ni los clientes habituales, ni el mismo Luis sabían que fin tuvo esa pareja.

El reloj de la blanca pared, encima de la mesa del rincón, estaba por marcar las 12:00 de la noche y ya solo quedaba un anciano necio que discutía el significado de la palabra “Sibarita” con el hostil Luis que, con la mano sobre la espalda de aquel viejo, lo iba empujando hasta la puerta, para que ya pudiera cerrar el lugar.

Eran las siete de la mañana y la luz del sol entraba apenas por las percudidas y rotas cortinas de una ventana mohosa de aquella pocilga; sobre un mullido sillón se encontraba recostado aquel hombre, que dos años atrás dejaría de ver definitivamente a su hija. Las ilusiones de volverla a ver se habían desvanecido con el tiempo y las tristezas fueron desplazando poco a poco a las alegrías que le producían los recuerdos que pasajeramente su mente rescataba.

El radio en lo que parecía una mesa de noche, sintonizaba las noticas, todo indicaba que haría buen clima y el conductor felicitaba a los escuchas según los nombres del santoral del día.

—¡Tremenda ridiculez! —dijo casi de forma inentendible aquel cansado hombre, mientras daba un trago a una botella de vodka barato.

Marco una vez más aquel número y volvió a colgar al escuchar aquella voz contestar la cobarde llamada.

De pronto sonó el teléfono y sin dar crédito, contesto temeroso.

—¿Di… diga?

—Papá, se que eres tú, ¿Por qué sigues llamando y te quedas callado?

El silencio se hizo presente y las lagrimas se desbordaron del amargado rostro de aquel hombre.

—¡Esta equivocado el numero!, no soy su padre —grito y colgó desesperado.

Habían pasado dos años y él, aun no podía perdonar la decisión que ella había tomado de no volver a verse hasta que cumpliera la mayoría de edad. Si bien, ya era mayor de edad, él ya no quería volver a verla, el dolor y sufrimiento fueron mas fuertes y su enojo cada día era más fuerte.

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